074.- El nombre de la rosa (1987)
Dejemos por un momento los años setenta. En enero o febrero de 1987 (la fecha exacta no la tengo), fui al desaparecido CINE VISTARAMA, y disfruté con la proyección (recuérdese la espléndida pantalla curva, y un sonido espectacular) de El nombre de la rosa (The Name of the Rose, Jean-Jacques Annaud, Alemania Occidental/Italia/Francia, 1986). Mi asistencia a las salas de cine ha ido pasando por diversas etapas. Como habrá comprobado el lector que venga siguiendo mis reseñas en este blog, tras un primer acercamiento en mi infancia y primera adolescencia (pongamos hasta los 16 años) en los años setenta y principios de los ochenta en cines de sesión continua fundamentalmente, el hábito comienza a cambiar a partir de los 17 años cuando empecé a salir con chicas (en principio en grupo, después con dos, mi futura esposa y una amiga suya). Aunque en ese momento tocaba salir al centro de la ciudad a cines de estreno, el precio de las butacas “obligaba” en ocasiones a volver a las sesiones continuas, más aún cundiendo más las tardes (téngase en cuenta el frio invierno pucelano, y con dos películas prácticamente se llenaba la tarde). Desde el año 1983 también había cambiado la perspectiva estudiantil: me encontraba estudiando la carrera de matemáticas en la Facultad de Ciencias del Prado de la Magdalena de la Universidad de Valladolid. Además, desde que hice la Confirmación (conste que me obligaron, aunque al final no me arrepentí), me “reenganché” en los grupos parroquiales del barrio además de tocando la guitarra en las misas de los domingos. Cuento esto porque tiene alguna relación con la película que nos ocupa.
En los planes de estudio que yo cursé, en 1º BUP, había una asignatura llamada Historia del Arte y las Civilizaciones. Con ella aprendí lo poco que sé sobre los diferentes estilos artísticos (Románico, Gótico, Renacentista, etc.), pero sobre todo descubrí que lo que encierran las iglesias (que hasta aquel momento para mi no era más que pinturas y representaciones religiosas) tiene un valor artístico y cultural importante. Sobre todo gracias a las excursiones que hicimos por la provincia (la llamada Ruta de Juan de Austria por la provincia de Valladolid: Wamba, Torrelobatón, San Cebrián de Mazote, La Santa Espina, Urueña y Villagarcía de Campos; o la visita al Monasterio de San Bernardo); aquí debo recordar al artífice de aquellas salidas, GUILLERMO SENOVILLA GONZÁLEZ, el profesor de aquella asignatura, que lamentablemente falleció este pasado año 2025. Teniendo clara mi futura dedicación a las Ciencias, siempre agradeceré lo que aprendí y disfruté en aquella asignatura.
Pero es que el párroco del DULCE NOMBRE DE MARÍA (conocida por mucha gente por la iglesia de Canterac, por la calle en la que se encuentra), JULIÁN BAJO VILLACÉ, era un apasionado total del arte, y no precisamente el urbano, que también. Se pateaba caminos, visitaba iglesias desvencijadas, ruinas arqueológicas, sacaba diapositivas de todos los lugares (que luego nos mostraba y muchas las donaba al INSTITUTO DELICIAS, que era donde era profesor). En definitiva, que entre una cosa y la otra, algunas de las cosas que aparecen o se citan en la película El nombre de la rosa, no me eran desconocidas.
La novela de UMBERTO ECO se publicó en España en 1982, pero yo no tuve idea de su existencia hasta que fui a ver la película. Como todo el mundo que haya leído la novela y visto la película sabe (yo lo hice años después), ésta se centra en la investigación deductiva de unas misteriosas muertes que acontecen en un retirado monasterio y su aneja abadía. Sin embargo, el libro es mucho más rico porque contiene además enfoques filosófico, histórico, religioso, cultural, …, además del meramente detectivesco que es en el que se centra la película, aunque también aporta, aunque en menor medida, partes de los descritos.
Por supuesto he visto la película varias veces más (cuando la han programado en televisión, en VHS, en DVD, etc.), pero como sucede casi siempre, ninguna es comparable a aquella primera en sala de cine. Conozco por tanto el argumento con mucho detalle, podría describir con precisión los momentos que más me gustan (también los que menos, que siendo escasos, alguno hay), pero como esto lo puede hacer cualquiera con los suyos, me voy a centrar en lo que más me llama la atención de la película, aunque los haya descubierto con posterioridad a aquella tarde.
Razón y fe
Seguramente por mi formación analítica (las matemáticas son así) desde un principio me pareció espectacular cómo Guillermo de Baskerville (un renacido para el cine SEAN CONNERY) orienta a su discípulo a no dejarse llevar por lo evidente, a tratar de distinguir superstición (directamente relacionada con la ignorancia) de la razón. Empresa harto complicada, no sólo por la intrínseca dificultad que conlleva, sino porque hay siempre multitud de poderosos intereses que van a hacer todo lo posible porque la verdad no se conozca, al punto de esconder, e incluso destruir lo que sea necesario para lograr sus propósitos. Un mensaje absolutamente vigente actualmente (vivimos rodeados de bulos, mentiras, fake news, verdades a medias, apoyados incluso con tecnologías que inventan imágenes que nunca han tenido lugar). En el caso de Jorge de Burgos y la facción inquisitorial de la Iglesia a la que representa (espero que todo el que lea esto haya leído la novela o visto la película), el pecado a evitar era la risa.
El mayor caudal de información, las mejores bibliotecas, el grueso del conocimiento lo ostentaban los monasterios y las órdenes religiosas. Eso nos lo contaron desde el colegio. Lo que ya no nos contaban hasta que estudiamos un poco de filosofía (en mi caso, como el de prácticamente todos los que seguimos estudiando enseñanzas medias, más de la mitad de los que comenzamos desde primaria, dejaron de estudiar o se iban a la Formación Profesional) en el COU, eran las diferencias y disputas que existieron dentro de la propia Iglesia en esta época. Y de la Iglesia frente al mundo civil. Ahí aparecía el dilema entre fe y razón, con sus diferentes modos de tratar de resolverlo. En la película (mucho más en la novela) nos encontramos al menos tres concepciones diferentes de la religión (y en el fondo, de ver la vida): los benedictinos, los franciscanos y los dominicos, cada uno vistiendo diferentes hábitos, y por supuesto, defendiendo distintas posturas. Unos más dogmáticos e intransigentes, otros más abiertos y críticos.
Hay una escena realmente magnífica: un duelo (sin arma alguna, sólo con el razonamiento) entre ambas formas de entender la existencia, entre Guillermo de Baskerville (supongo que a estas alturas todo el mundo reconoce en ese nombre a una mezcla entre el filósofo franciscano GUILLERMO DE OCKHAM y el detective SHERLOCK HOLMES, por el libro El sabueso de los Baskerville) y el benedictino Jorge de Burgos (inspirado a su vez en el escritor argentino JORGE LUIS BORGES, con no pocas similitudes entre ambos). Se produce un cierto revuelo en el scriptorium del monasterio, porque un monje grita histérico ante la presencia de un ratón, lo que hace estallar en carcajadas al resto de monjes. En ese momento, aparece el bibliotecario ciego Jorge gritando muy enfadado como medio de poner orden y que todo el mundo vuelva al silencio y a su trabajo. Por supuesto grita en latín, remarcando su superioridad intelectual, por un lado, y la certeza de sus palabras, no en vano el latín era considerado el lenguaje más cercano a la divinidad:
Jorge: ¡¡Un monje no debe reír!! ¡¡Solo los tontos se ríen!!
En ese momento se percata de que Guillermo y su joven ayudante Adso se encuentran allí, y trata de justificarse:
Jorge: Espero no haberlo ofendido hermano Guillermo, pero oí personar riéndose de cosas risibles. Ustedes, los franciscanos, son de una orden donde la alegría se mira con indulgencia.
Guillermo: Sí, es cierto. San Francisco solía reírse.
Jorge (ofendido): La risa es un viento diabólico, que deforma los rasgos de la cara y hace que los hombres se vean como monos.
Guillermo (con serenidad): Los monos no se ríen. La risa es propia del ser humano.
Jorge: Igual que el pecado. Cristo nunca rió.
Guillermo: ¿Estamos seguros de eso?
Jorge: Nada en las escrituras lo confirma.
Guillermo: Nada en las Escrituras lo desmiente. Hasta los santos usaron la comedia para ridiculizar a los enemigos de la fe. Por ejemplo, cuando los paganos sumergieron a San Mauro (de la misma orden religiosa que Jorge; elige el ejemplo con toda la mala leche) en agua hirviendo, se quejó de que estaba fría. El sultán metió su mano, y se quemó.
Jorge: Un santo inmerso en agua hirviendo no hace bromas infantiles. Contiene sus dolores y sufre por la verdad.
Guillermo: Aristóteles (de nuevo elige al filósofo más alabado por las órdenes religiosas más ortodoxas) dedicó su segundo libro de Poética a la comedia como instrumento de la verdad.
Jorge: ¿Ha leído es volumen?
Guillermo: No, claro que no. Hace siglos que se perdió.
Jorge: ¡¡No se perdió porque jamás se escribió!! La providencia no quiere que se glorifiquen las cosas fútiles.
Y harto ya de ver cómo lo rebaten en presencia de los demás monjes, termina radicalmente la conversación, golpeando su cachaba contra el suelo. Idéntico proceder de los fabricantes de mentiras actuales cuando se quedan sin argumentos. Por cierto, el escritor utiliza un ejemplo absolutamente real: el segundo libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia, se perdió realmente en la Edad Media. No se sabe cómo, pero bien pudo ser en efecto destruido por quienes no les convenía. Pero claro, las referencias de otros autores a esa obra, tantas, no pudieron eliminarlas. Por eso sabemos que existió.
Hay muchas escenas más que me encantaron de esa película (el inocente y casual encuentro con la campesina y su posterior desenlace al final de la película que tergiversa tanto el final de la novela como su mensaje, pero ¿no me digan que cinematográficamente no es precioso?) y se encuentran entre algunos de mis recuerdos más emotivos que haya visto en una pantalla, pero describirlas todas sería como contar la película y para eso es mejor verla.
La ambientación
Más allá del argumento de la película, y sus disquisiciones filosófico-teológicas, hay una magnífica traslación a imágenes de la vida medieval, de sus gentes, de la luz con la que vivirían, del entorno, que dotan a la película de una atmósfera y un encanto especial. Sobre todo, vista en condiciones, es decir, como dije anteriormente, en pantalla grande y con un sonido adecuado. Se nota que invirtieron dinero (y lo suyo le costó a su director JEAN-JACQUES ANNAUD, no sólo porque diferentes productoras pensaron que plasmar aquello era inviable, lo que hizo que al final, hasta tres países, Alemania, Francia e Italia, estuvieran metidos en el proyecto, sino para convencer al escritor de que le vendiera los derechos para filmarla; por cierto, no quedó nada contento, y la prueba es que no permitió llevar a la pantalla ninguna más de sus obras), pero mereció la pena. La construcción de la singular abadía, del laberinto, la confección de libros medievales con miniaturas mozárabes hechas a mano (un año tardaron en tenerlas listas), las caracterizaciones tan siniestras de los monjes, la banda sonora, todo constituye un complejo puzle que encaja a la perfección. Y por supuesto el trabajo de los actores, aunque con alguno resultara difícil trabajar (al parecer, el inquisidor Bernardo Gui (F. MURRAY ABRAHAM), endiosado por su triunfo en Amadeus, se comportaba con todo el equipo tal cual como si fuera el propio personaje, protestando por todo, aislándose de todo, todo lo contrario que el humilde SEAN CONNERY con el todo el mundo quería estar y aprender anécdotas de sus éxitos pasados, que siempre estaba dispuesto a compartir).
El Beato de Liébana
Mención aparte quiero hacer de estas obras de arte. Durante la quema de la biblioteca, Guillermo, amante de los libros y la cultura, intenta salvar la mayor cantidad posible de ejemplares únicos que Jorge de Burgos fue escondiendo por considerar nocivos para su forma de entender la fe. Uno de los que menciona es el Beato de Liébana. Aquel nombre me era familiar, porque unos años antes hicimos una excursión toda la familia a los Picos de Europa y allí visitamos el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, célebre (al menos eso reza la publicidad que se hace de él) por custodiar el denominado lignum crucis, el mayor trozo de la cruz, dicen, en la que murió Jesucristo.
Además de esto, en el siglo VIII, el monje Beato de Liébana, escribió, del mismo modo que se ve en la película que comentamos, unos Comentarios al Apocalipsis de San Juan. El Apocalipsis es uno de los libros más crípticos y complejos del Nuevo Testamento que, como todo el mundo sabe, describe el fin de nuestro mundo. Seguramente por ello (los que lo hicieron no eran tontos, y se cuidaron de hacerse los “misteriosos”, logrando que el texto tuviera tan largo recorrido que incluso en la actualidad se dedican a estudiarlo), religiosos, filósofos y estudiosos han tratado de explicarlo a la gente, con interpretaciones varias. Una de ellas es la de este Beato de Liébana, que además, y este es el mayor valor que tiene su obra, acompañó al texto de numerosas ilustraciones para que la gente (pocos sabían leer) conociera su contenido. Esas ilustraciones, a todo color, de estilo mozárabe, son verdaderas obras de arte, más que por su significado, por su antigüedad, por supuesto, su originalidad y su ejecución.
Ese libro, conocido por el nombre de su autor, Beato de Liébana, fue copiado a mano (como hacen en la película los monjes de la abadía) un número desconocido de veces, y cada copista aportaba su sello propio a las miniaturas mozárabes, de modo que, siendo el texto el mismo, no hay dos iguales.
En la actualidad, están catalogados unos treinta, que fueron copiados entre los siglos IX y XIII. Tienen un valor incalculable, y la Universidad de Valladolid tiene uno de ellos, custodiado bajo fuertes medidas de seguridad en una caja fuerte del Palacio de Santa Cruz. Es tanto su valor, que casi nunca se muestra públicamente. Se han hecho reproducciones facsímiles de muy alta calidad, y es una de esas copias la que se exhibe al público en la Biblioteca del Palacio de Santa Cruz. A pesar de ser un facsímil, se muestra en un expositor de cristal herméticamente cerrado. Este ejemplar se conoce como Beato de Valcavado, y en este enlace se puede obtener más información e imágenes.
Otro de esos códices es el Beato de Osma, que también pude ver en una visita a la Catedral de El Burgo de Osma (Soria). Éste es célebre (en cada uno de ellos destacan miniaturas diferentes) por su enigmático mapamundi. España es el país en el que más beatos se conservan: aparte de los dos citados, hay cinco en Madrid, en el Monasterio de El Escorial, en La Seo de Urgel, en la Catedral de Gerona, y algunos fragmentos como por ejemplo en el Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos). En París hay otros tres, otro en Nueva York, en Turín, en Manchester, en Lisboa y en Londres. En el año 1993, la Universidad de Valladolid editó una edición facsímil del Beato de Valcavado con una tirada de 975 ejemplares numerados, y 25 más no venales (numerados del I al XXV) encuadernado en piel que ofreció al profesorado (no fueron baratos, no, y su calidad, bueno, digamos que podría haber sido mejor). Seguramente animado por todo lo que conocía de estos Beatos desde la visión de El nombre de la rosa, el caso es que compré uno (el 379), que periódicamente hojeo y admiro (pesa unos dos kilos y medio). Es difícil de encontrar y su precio actual (se puede ver en internet) está entre los 4000 y 6000 €.
El estreno de la película
La película se rodó entre el 11 de noviembre de 1985 y el 10 de marzo de 1986. Canadá y los EE. UU. fueron los primeros en estrenarla el 24 de septiembre de 1986. En España se estrenó en Madrid el viernes 19 de diciembre de 1986 en tres salas: ROXY B, NARVAEZ y BELLAS ARTES, en este último en versión original subtitulada. En Valladolid la estrena el CINE VISTARAMA en enero de 1987, y se mantiene en cartel 5 semanas (hasta mediados de febrero), pasando a continuación al TEATRO ZORRILLA que la proyecta otras tres semanas (hasta el 14 de marzo). Después, la última semana de diciembre la repone los primeros CINES CASABLANCA, alternándola en sus dos salas, pasando posteriormente a las sesiones de madrugada los viernes y sábados a partir de las 0.30 y la mantiene hasta mediados de octubre (10 meses ininterrumpidamente en 1988). En febrero de 1990, vuelve a programarla otros quince días los viernes y sábados de madrugada. Televisión Española la emite por primera vez el viernes 23 de diciembre de 1988 (y recuerdo perfectamente que en los anuncios de unos de los intermedios, pusieron el tráiler de la siguiente película de su director El oso (L'ours, Jean-Jacques Annaud, Francia/EE. UU., 1988)).
Y finalmente …
La mítica de una película como ésta, a pesar de no ser un clásico del cine, es enorme. Hay cientos de anécdotas, tanto del rodaje como de su exhibición posterior. Comentaré un par de ellas, entre las que más atención me han llamado. Por ejemplo, previo al rodaje, en los cinco años que le llevó al director preparar a fondo la película y conseguir todos los permisos para llevarla a cabo, se barajaron muchos actores célebres para encarnar a Guillermo de Baskerville (Sir Michael Caine, Albert Finney, Richard Harris, Sir Ian McKellen, Roy Scheider, Jack Nicholson, Paul Newman, Marlon Brando, Robert De Niro, Donald Sutherland, Max von Sydow, Yves Montand, Vittorio Gassman y Frederic Forrest). Connery mareó al director a través de su agente para que le hiciera una prueba, pero ni los productores ni el realizador lo veían adecuado por su identificación entre el público con 007. Pero finalmente, cuando logró la prueba, el director no le dejó declamar ni tres páginas del guion, para decidirse. En efecto, la voz de Sean y su interpretación es sensacional (admírenla en versión original, que aunque la doblada no es mala, su verdadera voz es muchísimo mejor).
Ya durante el rodaje, uno de los momentos más recordados (al menos por mí) de la película (porque no lo esperas) es la secuencia amorosa entre el joven Adso y la muchacha campesina. Fue una sorpresa para el actor, porque nadie le dijo qué iba a pasar ni cómo. El director sólo le dio alguna indicación a la actriz VALENTINA VARGAS. Bueno, pues actualmente (cuarenta años después), Amazon Prime la emite con esa escena suprimida, alegando que el actor era menor de edad (17 años) y la actriz cuatro años mayor, y por tanto no es adecuada su exhibición. En ese plan, ¿censuramos las escenas hiper violentas de la mayor parte de las películas bélicas, westerns, de cine negro, de Tarantino, etc.? La doble moral de alguna gente es realmente asquerosa.
Y por último, una anécdota de su exhibición. Antes de que casi nadie la hubiera visto, en Italia hubo montones de manifestantes católicos que se oponían a su estreno por considerarla blasfema (como pasó con Jesucristo Superstar, La naranja mecánica u otras cintas que “perturban” a no se sabe quién). Supongo que al verla se darían cuenta del ridículo que habían hecho. Si les molestaba la recreación de los inquisidores, la injusticia de sus ejecuciones, o el dogmatismo religioso de aquellos tiempos, a otros nos molestan mucho más que hayan existido, teniendo en cuenta lo que predica la verdadera doctrina de JESÚS DE NAZARET. Poca dignidad tiene quien no reconoce sus errores.
En los EE. UU. la película fracasó comercialmente, mientras que en Europa fue un auténtico récord de audiencia y alcanzó unánime reconocimiento. Es normal. Allá no saben ni que era un monasterio, ni han oído hablar del nominalismo de Ockam, ni de órdenes religiosas, ni casi de que hay objetos que se llaman libros y para qué sirven. Todo les sonaría a chino. No hay más que ver a sus actuales dirigentes, su comportamiento, sus declaraciones, sus actos y su mera presencia.






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